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Introducción a Fábulas: Edición de lujo - Libro 5

Cuando estaba escribiendo Jack de Fábulas con Bill Willingham, todo el mundo quería saber cómo era trabajar con él. ¿Era complicado? ¿Un tirano caprichoso? ¿Me encasquetaba todo el trabajo duro y él solo lo firmaba? Por desgracia para la anécdota, nada de lo anterior es cierto. Bill fue un encanto durante todo el proceso, y solo tuvimos una discusión en todo el tiempo que estuvimos escribiendo el cómic.

Mira, Bill quería que Babe, el Buey Azul, hablara sobre llevar “espejuelos”. Yo le dije que nadie sabría lo que eran los “espejuelos” y que eso arruinaría el chiste. Él alegó que todo el mundo sabía lo que eran los “espejuelos” porque, en la mente de Bill, todo lo que él sabe es algo que todo el mundo debería saber. Si necesitas hacer una pausa para mirar en internet qué son los “espejuelos”, adelante. Ya te espero.

En fin, lo que hay que saber sobre Bill Willingham para entender su proceso de escritura y por qué se le da tan bien es que es totalmente incapaz de dejar de preguntar: “¿Y si...?”.

La mayoría de la gente piensa que la creatividad es agotadora. Cuesta mucho pensar en nuevas ideas. Creativamente hablando, la mayoría de nosotros somos como la hija del molinero, intentando convertir la paja en oro; es un trabajo muy duro y no suele dar frutos. En cambio, Bill es Rumpelstiltskin. Convierte las hebras de pensamiento común en el oro de las ideas brillantes con la misma facilidad con la que respira. Pero él nunca me pidió a mi primogénita. Lo que es una suerte para él, porque puede ser toda una diablilla.

Ver a Bill arrancándose en una de sus sesiones de “¿Y si...?” es algo digno de presenciarse. Me encontré más de una vez que en Jack de Fábulas, y de nuevo en otras ocasiones, hubo ideas que nunca vieron la luz. Para entender cómo es eso, imaginemos una conversación entre Bill y yo como si fuera una conversación entre J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis.

Bill: Tengo una idea.

Yo: Dime.

Bill: Vale, pongamos que hubiera un mundo, que podría llamarse... la Tierra Media, y que en ese mundo hubiera toda clase de criaturas, unos llamados “orcos”, otros “hobbits” y eso.

Yo: Bueno, eso suena bastante interesante.

Bill: Vale, ¿y si uno de esos “hobbits” consiguiera el anillo mágico de un mago y tuviera que emprender una misión? Quizás, no sé, tuviera que destruirlo en un volcán.

Yo: Vale, genial. Hazlo.

Bill: ¡Oh, espera! ¿Y si el anillo fuera un anillo de poder creado por un señor oscuro –que por motivos argumentales llamaremos Sauron– y hubiera unos espectros cuya tarea fuera la de recuperar el anillo?

Yo: Me parece una buena idea.

Bill: Oh... ¿y si también hubiera unos elfos sabios que estuvieran a punto de abandonar el mundo para siempre, y uno de ellos se enamorase de un humano y tuviera que renunciar a la inmortalidad?

Yo: Te estás dejando llevar un poco.

Bill: Vale, pero si incluyéramos unos árboles que caminan, creo que tendríamos algo realmente bueno...

Lo malo es que si Bill fuera Tolkien, habría muchas posibilidades de que El Señor de los Anillos no se hubiera escrito jamás, porque habría sido la sexta idea de Bill durante aquella semana y... ¿quién tiene tiempo? ¿Y si en la tele pusieran una maratón de Cheers? Olvídalo. Si ocurriera eso, la producción que podría conformar toda la carrera de algunos escritores se habría perdido para siempre.

La verdad es que tener ideas es la parte divertida. Luego viene el arduo proceso de ponerse a escribir. Como dijo Peter de Vries, “me encanta ser escritor; lo que no soporto es el papeleo”. Bill y yo somos excusas andantes para no escribir. Sabemos que podemos llamarnos a cualquier hora y empezar una conversación larga y frívola que se hace pasar por algo oportuno, con el único propósito de encontrar una manera de dejar de escribir. (Anoche, mientras trabajaba en esta introducción, se me fue la luz y me emocioné.)

Me doy cuenta de que parece raro que lo que la mayoría de gente considera que es la suma total de nuestro trabajo para nosotros no sea más que el trabajo sucio. Pero es lo que es. A Bill le gusta referirse a un episodio de The Dick Van Dyke Show en el que Rob está tirado en el sofá y, cuando Laura le pregunta qué está haciendo, él responde: “Escribir”. Esa es nuestra forma favorita de escribir.

Y ahí exactamente está el truco. Esa es la clave para que Bill sea un escritor tan condenadamente bueno. Siempre está escribiendo. Nunca para. El motivo de que sus historias sean tan ricas y convincentes es que lleva toda la vida confeccionándolas. En algunos casos, algunos elementos de las historias se le ocurren, literalmente, años antes de que los utilice. En este tomo, por ejemplo, podemos ver que el título del segundo capítulo de Las mil y una noches (y sus días) es “Jinn tonic, con un toque”. Bueno, ¿eh? Pues a Bill se le ocurrió años antes. Lo utilizó para titular un relato, y luego descartó toda la historia y se quedó con el título. ¿Cuántos escritores conoces que descarten toda una historia y solo rescaten el título?

Así es, en resumen, Bill Willingham. Una de las cosas más importantes que he aprendido de él (y he aprendido muchas) es que siempre habrá otras historias, otras ideas. Fábulas es la prueba viviente de ello. Mientras escribo esto, DC ha publicado 114 números de Fábulas, 50 de Jack de Fábulas, otras series y spin-offs, una novela y no hay un final a la vista. Cuando la gente le pregunta si la historia tiene un final, él contesta: “La historia tenía un final, pero ya lo usé en el número 75”. De nuevo, ¿a cuántos escritores conoces que descarten el gran final para la historia que han estado planeando durante años, bajo la premisa de que ya llegarán nuevas historias?

He aquí otro ejemplo de la estrategia de Bill. Hace unos años, le fui a visitar a su casa. Él tenía un gran tablero de corcho colgado en la pared. Su propósito estaba claro: era una especie de storyboard de Fábulas. “Ajá –pensé– así es como lo hace. Así consigue tenerlo todo claro. ¡Es un proceso complejo! ¡Lo sabía!” El tablero tenía varias tarjetas clavadas, aunque no muchas. Desenganché una al azar y la leí. Al principio, estaba emocionado porque era una trama para un personaje que había muerto hacía tiempo. Le dije a Bill: “Guau, ¿vas a recuperar a este personaje?”. Él tiró la tarjeta a un lado. “Oh, no. Esa tarjeta lleva años ahí. Nunca he usado ese ridículo tablero”. Otra cosa que aprendí de Bill: si no merece la pena tenerlo claro en la cabeza, no merece la pena recordarlo.

Debes comprender que esto son consejos de escritura avanzada. Los principiantes deben evitar tener a Bill como modelo en cuestiones de proceso. No se empieza a hacer malabares con antorchas encendidas. Empiezas con el equivalente literario de las pelotas blandas: fichas, resúmenes de tramas, hojas de cálculo... lo que necesites. Pero, en algún momento, tienes que agarrar las antorchas, encenderlas y empezar a lanzarlas al aire. Y eso es lo que Bill lleva haciendo desde hace años.

Uno de mis recuerdos favoritos de Bill tuvo lugar hace unos años. Íbamos conduciendo de Los Ángeles a Las Vegas. Si alguna vez has hecho ese recorrido, sabrás que cubre una gran cantidad de espacios abiertos, y que no hay nada que mirar excepto tramos aparentemente interminables de desierto. En algún punto del camino se nos ocurrió una idea para una serie de cómics. No entraré en detalles, pero era una idea bastante inteligente. Hablamos largo y tendido sobre esa idea, durante unas tres horas, analizando los pormenores de ese mundo, los personajes, sus habilidades y las reglas. El sol se estaba poniendo sobre el desierto y teñía la meseta de naranja y púrpura, y ahí estaba esa idea, surgiendo de nosotros. ¡Iba a ser genial! Yo estaba exultante.

Más tarde, le pregunté a Bill: “¿Cómo es que nunca hicimos nada con la idea que tuvimos en aquel viaje a Las Vegas?”. Él simplemente se encogió de hombros. Entonces no lo entendí, pero ahora lo entiendo. No tenía sentido plasmarla en papel; la historia ya se había escrito, ya se había contado, y su único público fuimos nosotros dos y la puesta de sol en el desierto.

Así que me alegro de que Bill se tomara el tiempo de escribir todas las historias de este tomo. No tenía que hacerlo. Probablemente, ni tan siquiera quería hacerlo. Pero lo hizo.

Gracias, Bill.

Matthew Sturges
Febrero de 2012 Austin, Texas

Introducción publicada originalmente en las páginas de Fábulas: Edición de lujo - Libro 5.